*Crónica de los aspectos principales de
las exposiciones desarrolladas en el 9º Coloquio del
Club de Cultura Socialista, coauspiciado por la Fundación
Friedrich Ebert y la Fundación Acción para
la Comunidad . (Realizada por Edgardo Mocca. El
material no fue revisado por ninguno de los expositores
y queda bajo la exclusiva responsabilidad de su autor).
28 de junio: “Las
coaliciones progresistas en el mundo globalizado”
DANILO ASTORI (senador nacional de Uruguay)
Es imposible comprender el Frente Amplio
sin la historia de los partidos socialista y comunista del
Uruguay y sin el antecedente de la política de los
frentes populares que tuvo en la experiencia chilena sus
momentos principales.
En 1971, la votación del Frente Amplio supera la
suma aritmética de las parcialidades que lo componían.
Aparece una “identidad frenteamplista”, votantes
que apoyaban la coalición sin pertenecer a ninguno
de sus integrantes.
Dos años después de su creación, en
1973, empieza un período de doce años de dictadura
y proscripción para el frente.
El regreso a la democracia encuentra al Frente en un proceso
de avance desde su corazón original hacia la apertura
progresista. En 1996, ese proceso tiene un hito con la conformación
del Encuentro Progresista.
El Frente es la única fuerza política del
Uruguay que no ha parado de crecer desde su aparición.
Desarrolla su tercer período de gestión local
en Montevideo y se ha convertido desde las últimas
elecciones generales en la principal fuerza electoral del
país (la “mayor de las minorías”)
Hay seis aspectos en los que la izquierda viene, no sin
contradicciones y obstáculos, renovando su discurso.
- Un replanteo de la perspectiva sobre la relación
entre estado y mercado, entre política y sociedad
civil. Se supera el estatismo cerrado a favor de una revalorización
del mercado y la sociedad civil.
- La revalorización de la libertad individual y
la democracia.
- La idea de una reforma del estado alternativa a la que
se ejecuta desde los postulados del neoliberalismo. Es
necesario superar la contradicción “público-privado” por
la de “competencia-monopolio”
- La centralidad de la integración al mundo, empleando
todas las posibilidades que se abran, pero desde el núcleo
regional, el Mercosur.
- Reconocimiento de la importancia de la política
económica. El equilibrio fiscal, el control de la
inflación, la productividad no son slogans de derecha
sino condición para un gobierno eficaz.
- Reforzamiento de la capacidad de gobierno: mucho más
complejo que la enunciación de propuestas desde
la oposición.
ROBERTO FREIRE (senador
nacional de Brasil)
Hay que destacar la importancia de la cultura comunista
en la izquierda de Brasil. El PC fue el único partido
brasileño que permaneció desde su fundación.
Brasil no participa de la institucionalidad “europea” de
países como Chile y Uruguay; su sistema político
tiene más parecidos al de Estados Unidos.
La cultura socialista democrática carece de raíces
sólidas en el país. Recién en la década
del ´40 se forma el Partido Socialista. Esta ausencia
de cultura de izquierda tradicional resulta una ventaja paradójica.
Hoy la izquierda brasileña es, tal vez, la más
fuerte de América Latina. Es, sin embargo, una cultura
compleja y confusa. El PT, que tiene una enorme fuerza en
los municipios del país, conserva visiones antiglobalizadoras
que son antagónicas con la tradición de la
izquierda. Esta última siempre vivió la internacionalización
como una “aventura progresista de la humanidad”.
La palabra socialdemócrata tuvo siempre un sentido
peyorativo en la política brasileña. El PPS
es hijo de un proceso contemporáneo al de transformación
del PCI en PDS. El esfuerzo estuvo y está puesto en
no ser una izquierda que mira exclusivamente hacia atrás
(algo de esto persiste, no sólo en Brasil, sino en
otras izquierdas, como por ejemplo en Uruguay).
El gobierno de Fernando Henrique Cardoso puso en tensión
a la izquierda. En ésta pesaba la falta de análisis
de las nuevas realidades, de los nuevos modos productivos.
Puede establecerse una analogía entre las reformas
del Estado actuales y el proceso de creación de los
estados nacionales.
Es muy importante el proceso de regionalización.
No hay que olvidar la gravedad de los conflictos entre nuestros
países en décadas anteriores. La integración
tiene enemigos en la derecha y también en la izquierda.
El de FHC es el gobierno más reformista de la historia
de Brasil. Desarmó la base del empresariado prebendalista
respecto del Estado (es el caso de Magalhaes, recientemente
derrotado, que construyó su emporio privado desde
sus posiciones en el Ministerio de Comunicaciones). Se termina
con los monopolios privados surgidos de las concesiones del
Estado. Se privatiza la economía para hacer público
el Estado.
El ejemplo europeo muestra que los partidos comunistas
que resistieron la integración continental se redujeron
a una mínima expresión. Nuestro camino a la
integración pasa por el Mercosur; hay que evitar la
dolarización de las monedas.
MICHAEL EHRKE (Fundación Friedrich
Ebert, de Alemania)
Hay dos interrogantes respecto de las coaliciones progresistas: ¿cuáles
son sus posibilidades de conquistar el poder? y ¿qué pueden
hacer desde el poder?
El pensador alemán Ralf Dahrendorff construyó dos
mitos: el siglo XX fue “el siglo socialdemócrata” y
a fines de siglo se produjo “la muerte de la socialdemocracia”
La primera mitad del siglo tuvo poco que ver con un predominio
de la socialdemocracia. Fue la época de las guerras
y los totalitarismos. En la segunda mitad hubo un predominio
electoral neoconservador. El triunfo de Blair es la primera
ocasión en que el laborismo gana dos elecciones seguidas
en Inglaterra; también en Alemania predominó el
conservadurismo. De todos modos es cierto que aun los gobiernos
conservadores respetaron el consenso ideológico alcanzado
por la socialdemocracia. Pero fue un Estado social conservador,
a la Bismarck.
Respecto de la muerte de la socialdemocracia había
muchos motivos para suponer esa posibilidad. La disminución
de la clase obrera (en Alemania hay más accionistas
que obreros sindicalizados) y la imposibilidad de realizar
políticas keynesianas señalan los problemas
principales de la socialdemocracia. Sin embargo, de quince
gobiernos de la Unión Europea, once son socialdemócratas.
¿Por qué sobrevivió la socialdemocracia?
Porque muchos de los movimientos sociales surgidos en las
décadas de los sesenta y setenta la fortalecieron,
encontraron en la socialdemocracia su “patria política”.
Son partidos más multicolores, que agregan demandas
más heterogéneas.
Con la consigna de la “tercera vía” o
del “nuevo centro”, los socialdemócratas
encabezaron la modernización de sus países;
aceptaron el capitalismo y el liberalismo sin el fundamentalismo
de mercado.
El conservadorismo entra en crisis con los procesos de
modernización. El neoliberalismo no sirve como política
económica del conservadorismo porque éste tiene
problemas con fenómenos tales como la inmigración:
el país necesita mano de obra y el nacionalismo reaccionario
entra en conflicto con esa necesidad. La socialdemocracia
está a la cabeza de la integración europea,
que ya es un sistema político y no solamente un mercado;
los conservadores recelan de este proceso. Por eso las perspectivas
progresistas de conquistar y conservar el poder son buenas.
Respecto de lo que se puede hacer desde el poder, existen
fuertes limitaciones. Las hay en los contrapesos del sistema
institucional (caso alemán) y las hay en el contexto
internacional, debido a la importancia de variables, como
la tasa de interés, que no pueden controlarse desde
el gobierno. Los problemas de los límites de la soberanía
estatal y la dependencia como producto del endeudamiento
son todavía mayores en América Latina. En Europa
existe además una frondosa legislación de la
Unión que tiene preeminencia sobre las leyes nacionales.
Sin embargo el margen de maniobra no es cero. Los socialdemócratas
tienen que repolitizar aquellas cuestiones que el pensamiento
neoconservador pretende “objetivas”. Y la base
de las posibilidades de transformación está en
una fuerte sociedad civil.
JAIME GAZMURI (senador nacional de Chile)
Tres preguntas:
¿Cómo llegamos al gobierno?
¿Qué hemos hecho?
¿Qué tenemos que hacer?
La resistencia antidictatorial unió a las fuerzas
del centro y la izquierda socialista que habían estado
históricamente enfrentadas en Chile. Fuerzas que habían
sido alternativas y contradictorias.
En la época de la dictadura se produjo el proceso
de renovación socialista que consistió, básicamente,
en unir la tradición socialista con las convicciones
democráticas. La sede política de esta renovación
fue el Partido Socialista.
Dos fueron los elementos constitutivos de la coalición:
una épica democrática y la sensibilidad hacia
la cuestión social. En el momento de asumir, Ailwyn
presentó ante el Congreso lo que podríamos
llamar el “manifiesto de la Concertación”.
Postuló como objetivos de su gobierno los siguientes:
- Verdad sobre el período de la dictadura
- Democratización de la sociedad y el Estado chilenos.
- Recuperación de la justicia social
- Crecimiento económico y modernización
- Apertura del país al mundo.
Hemos tenido éxito en todos estos campos. Sin embargo
permanecen los dos grandes problemas a enfrentar: la desigualdad
y la inseguridad. Hemos tenido éxitos en la lucha
contra la pobreza. Pero menos en la lucha contra la desigualdad.
Y la nuestra es una sociedad que vive un conjunto de inseguridades:
el temor al otro (personificado en el delincuente), a la
exclusión (básicamente a la pérdida
del empleo o a no encontrarlo) y al sin sentido.
Tenemos que enfrentar un conjunto de problemas. Ciertamente
hay que renovar la Constitución para remover las rémoras
del autoritarismo. Pero eso no soluciona de por sí los
déficit de participación social. La resolución
de los problemas de la desigualdad es crucial porque eso
es lo que nos distingue de las derechas. Al mismo tiempo
necesitamos políticas públicas que apunten
a garantizar seguridad.
Ciertamente la globalización afecta los márgenes
de las políticas nacionales. Es una nueva fase mundial,
irreversible y que tiene grandes peligros. Pero la oposición
a ese proceso está condenada al fracaso. Si bien no
hay margen para el keynesianismo, la distribución
de la riqueza puede y debe ser objeto de políticas
públicas.
En cuanto a la integración, necesitamos fortalecer
su institucionalidad política. No se puede seguir
resolviendo los problemas de la región con llamadas
telefónicas de urgencia. El internacionalismo de la
izquierda es genético, especialmente para aquella
de tradición marxista. En la globalización
hay una promesa que se puede desarrollar si hacemos política.
Y la política debe ser también global.
29 de junio: La Coalición
Progresista en la Argentina Actual
JUAN CARLOS PORTANTIERO (presidente del Club
de Cultura Socialista José Aricó)
Estamos obligados a cotejar las expectativas y el desempeño
real de la Alianza. Hubo una promesa central en torno al
cambio de eje político en la Argentina. Como coalición
política, la Alianza corresponde a una tendencia del
mundo actual que parece funcional a la solución de
los dilemas del sistema político. Existía el
auspicio no solamente de alternancia sino también
de alternativa.
¿Cuáles eran las promesas?
Quebrar la prolongada curva de la recesión
Comenzar a pagar la deuda social
Recuperar las instituciones republicanas y enfrentar la
corrupción.
En ninguno de esos terrenos podemos alborozarnos por los
resultados. Sigue la recesión. La desigualdad persiste
y se agudiza. En materia de corrupción hay cambios
pero no suficientemente vigorosos. Por eso podemos hablar
de la sensación de un final de época. Tenemos
una crisis económica sin instrumentos para enfrentarla,
una crisis social y una crisis política.
La crisis política no es solamente del gobierno
sino también de la oposición. No se trata de
que los legisladores cobren sueldos muy altos. No es un problema
exclusivamente vinculado a la legislación sobre el
régimen electoral o al financiamiento de los partidos.
Todos estos aspectos son importantes pero secundarios respecto
de lo central: la incapacidad de la política para
fijar metas. Hay una crisis de discurso, un movimiento hacia
la deriva.
La Alianza no ha estado a la altura de las expectativas.
Hoy asistimos a la conformación de una nueva coalición
que tiene en su centro al ministro de economía. Los
partidos de la alianza original, la UCR y el Frepaso han
sido desplazados. Sin embargo lo más grave es que
esta nueva coalición es tan inestable como la anterior
y no atina a encontrar soluciones.
Por eso la pregunta que me formulo y formulo a los dos
importantes dirigentes que nos acompañan son:
¿La Argentina no tiene salida?
¿Queda tiempo para reconstruir la coalición?
¿Habría que ampliarla? ¿Con quiénes?
ANIBAL IBARRA (Jefe de
Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires)
Frente al fenómeno de la globalización, como
frente a cada cambio de época, hay enfoques progresistas
y conservadores. No se cumplió la profecía
respecto de la desaparición de las fronteras nacionales
y su reemplazo por fronteras virtuales. Los países
conservan importancia y márgenes para su accionar.
No es igual, por lo tanto, reconocer a la globalización
y aceptar la ideología predominante con la que aparece
recubierta. Es decir, existe la posibilidad de correr los
límites de lo posible aun en el contexto de la globalización.
Para eso conviene preguntarse ¿qué es ser progresista
hoy?
El futuro de las coaliciones progresistas está muy
vinculado a los resultados de su gestión como gobierno.
Hay que derrotar el mito del monopolio de la derecha en materia
de eficacia de gestión. Hoy tenemos experiencia de
fuerzas progresistas gobernando exitosamente en América
Latina. Es la recuperación de la voluntad de poder
como herramienta de transformación. Y en este contexto
las coaliciones son importantes instrumentos de gobierno.
Los objetivos ineludibles para un gobierno de coalición
progresista son la transparencia y la reducción de
las desigualdades. Es posible lograr éxitos en materia
de redistribución y es necesario esquivar los consejos
de los “progresistas” que no quieren asumir responsabilidades
de gobierno. Es necesario, por ejemplo, articular una propuesta
sobre la seguridad y no regalarle este terreno a la derecha,
como históricamente ha ocurrido.
La Alianza ha sufrido la ausencia de una cultura de coalición.
Es la unidad de un partido como la UCR renuente a las coaliciones
con una fuerza demasiado joven como el Frepaso. Desde el
principio surgieron fuertes desafíos a la capacidad
de la coalición que no fueron correctamente manejadas.
La renuncia de Chacho Álvarez fue un punto de inflexión.
La crisis no perjudicó solamente a Chacho, debilitó a
todo el gobierno. La última reorganización
y el ascenso de Cavallo aparecen como último recurso
para frenar una caída sin fin.
Sin embargo, sigue existiendo un espacio y un potencial
para una coalición progresista. En la ciudad de Buenos
Aires se contuvo a la Alianza. No se tiraron por la borda
los compromisos electorales. Aunque la coyuntura electoral
pueda separar ocasionalmente a los componentes de este espacio,
no hay que “barajar y dar de nuevo”. Hay que
partir de los espacios consolidados, de los sitios institucionales
en los que se actúa en común, para desde allí conformar
la coalición.
FEDERICO STORANI (ex ministro del Interior y presidente
de la UCR de la provincia de Buenos Aires)
La Alianza es la primera experiencia de coalición
real gobernando. Es una coalición de coaliciones.
Antes habíamos asistido a una política de frentes
claramente hegemonizadas por una de sus fuerzas, el peronismo.
El Frepaso es en sí mismo una coalición y la
UCR venía de una historia de identificación
equivocada entre intransigencia e individualidad partidaria.
El antecedente de la Alianza es la reunión de El
Molino en 1994. Aquella experiencia fue positiva en la medida
en que daba lugar a un acercamiento transversal en busca
de denominadores comunes. Pero tenía el signo de ser
un acto de reacción (contra el pacto de Olivos) más
que una iniciativa sostenida en convicciones propias. El
pacto era básicamente la reelección de Menem.
Y eso era la prolongación de un modo de ejercicio
del poder hegemónico y con tendencias autoritarias:
eso no se corrige con leyes ni reformas constitucionales.
Por otro lado la Alianza fue la respuesta a “otra
alianza”. El menemismo transformó al peronismo:
fue la concentración económica, las privatizaciones
salvajes (Aerolíneas, por ejemplo), la burocracia
sindical asociada a los grandes negocios, el apoyo ideológico
de la derecha conservadora (la familia Alsogaray vio cumplido
un sueño que le fue inaccesible por la vía
de las elecciones).
Era el liberalismo conservador con estilo autoritario.
La coalición histórica de nuestro país
sin la necesidad de golpe de estado.
La Alianza tenía un objetivo prioritario: equilibrar
y controlar el poder. Era la lucha por evitar la consolidación
de un modelo de partido hegemónico. Aunque fuera solamente
por eso, la Alianza ya tiene una justificación histórica.
No olvidemos el operativo re-reeleccionista de Menem que
ya contaba con pronunciamientos favorables como los del juez
Bustos Fierro.
Pero la alternancia no era todo el objetivo. El propósito
era ser alternativa. Y en este punto hay muchas asignaturas
pendientes. Y existe la posibilidad de reconstruir.
La Alianza tuvo que soportar desde el inicio condicionamientos
institucionales severos. Es decir la gobernabilidad, entendida
como las condiciones mínimas para desarrollar la función
de gobierno, era un objetivo prioritario. La oposición
tiene casi los dos tercios del Senado; la Alianza es primera
minoría en Diputados, sin quórum propio. El
poder Judicial, que no debería ser contado como parte
de la relación de fuerzas políticas, había
jugado un papel nada independiente durante el gobierno anterior.
Además, la oposición gobierna 17 provincias,
entre ellas las tres más importantes: Buenos Aires,
Córdoba y Santa Fe. Se consiguió la gobernabilidad
por medio de la negociación.
Por otro lado, el condicionamiento económico social
llevó a bajar los brazos del espíritu transformador.
No pueden ignorarse los logros en materia de transparencia.
Antes de la crisis del Senado, solamente el 12% de los argentinos
manifestaba preocupación por el tema de la corrupción. Éste
era un corte muy valorable. La crisis del Senado desdibujó este
logro. Pero también hay que decir que el mito de la
gobernabilidad obtenida a cambio de impunidad ha sufrido
un duro golpe con el caso del tráfico de armas y con
el papel que jugó en él la Oficina Anticorrupción.
Además hay un clima cultural para la investigación
de la corrupción que no existía durante el
gobierno anterior.
Significa que hay un tramo recorrido. Pero falta la mayor
parte. Una de las complicaciones que hay que abordar es la
dispersión de la oposición; en su interior
hay un sector sindical que plantea una guerra contra el gobierno
y que ha superado los récords históricos de
medidas de fuerza en este breve lapso de gestión.
En el origen de la Alianza hubo diferentes concepciones.
Estaban quienes la pensaban como proyecto estratégico
y quienes la veían como instrumento electoral. Alrededor
del presidente hay un “círculo chico” que
pretendió crear a partir de De la Rúa un liderazgo
carismático. Y esto es un error porque, aunque no
dudo de las cualidades intelectuales y políticas del
presidente, su liderazgo no puede ser carismático.
Se pretendió, entonces, resolver las crisis de mayo
de 2000 y de octubre pasado en nombre de la autoridad presidencial.
Y se terminaron modificando drásticamente las decisiones,
veinticuatro horas después de tomadas. Pero hay un “segundo
círculo”. En este caso no es el liderazgo carismático
lo que preocupa sino la continuidad de un modelo económico
anclado en la primacía del sector financiero.
Los cambios de mayo quedaron a mitad de camino: no es la
Alianza original ni es un gobierno de unidad nacional. Se
rompió el proyecto original y no hay un nuevo proyecto.
¿Está vigente el proyecto de unidad? ¿Se
puede construir a partir de lo mismo? Se puede partir de
las mismas fuerzas políticas. Pero no de los mismos
actores. Hubo quienes no estuvieron a la altura de las circunstancias.
Y hay un importante plantel de dirigentes de la Alianza,
entre ellos intendentes de la provincia de Buenos Aires y
de otros lugares.
Hace falta una nueva convocatoria. No está en juego
solamente el destino de una coalición sino todo el
equilibrio institucional. Es necesario apuntalar al gobierno
enfrentando la aventura de las elecciones anticipadas. Pero
el gobierno debe dejarse apuntalar. Es necesario ensayar
un camino más audaz que nos saque del esquema en el
que estamos aprisionados.
Algunos ejes programáticos podrían ser:
Redefinir el vínculo entre la Nación y sus
provincias, desarrollando un proceso de regionalización.
Avanzar con la reforma política; no es el problema
principal pero otorgaría una mayor legitimidad a los
actores políticos.
Reforzar el proceso de integración regional (dicho
sea de paso, la posición de Cavallo en este punto
debería convencer a quienes proponían abrir
las listas para el partido del ministro)
A partir de este rumbo puede relanzarse la Alianza por
medio de un diálogo en el que nadie quede sometido
a la voluntad del otro. La oposición no aparece como
alternativa. La recuperación de la Alianza sería
un camino para evitar el desencanto de la sociedad con la
política