La escuela está bajo presión

La escuela está bajo presión

Guillermina Tiramonti. ESPECIALISTA EN EDUCACION. DIRECTORA DE FLACSO.

Estamos asistiendo a una discusión pública sobre la crisis de la escuela que incluye las opiniones más variadas. A pesar de las diferentes posiciones, hay un diagnóstico que atraviesa todos los discursos. Según él, la escuela —y en algunos casos se habla también de la familia— ha ablandado o abandonado las exigencias pedagógicas sobre los alumnos y el mandato del esfuerzo personal. De modo que si docentes y padres se asociaran en la voluntad de disciplinar a las nuevas generaciones, podría recuperarse la eficacia de los aprendizajes en la escuela.

Esta impresión que impregna muchas de las intervenciones públicas sobre la crisis educativa resulta de una primera observación de la dinámica escolar y familiar. O, por lo menos, de algunas familias y algunas escuelas, ya que nuestra sociedad se ha fragmentado de tal modo que no es posible generalizar.¿Qué duda cabe que la familia patriarcal organizada verticalmente bajo el mandato inapelable del padre tiende a ser reemplazada por unidades de afecto, caracterizadas por relaciones horizontales con una clara tendencia a la igualación de los sexos?

Este proceso es mucho más claro en los sectores medios ilustrados que en los extremos de la escala social. Son en su gran mayoría los que ganaron en los 90 porque tuvieron la capacidad de avizorar el futuro y desarrollar estrategias novedosas para acomodarse a la nueva realidad. Por el contrario, otros sectores medios más apegados a las tradiciones y a los caminos ya trazados —apego inevitable si se trata de obedecer mandatos—, fueron sorprendidos por el descenso cuando no la exclusión. No pareciera entonces que sea la democratización de la familia lo que está generando dificultades en el proceso de aprendizaje. Estos grupos familiares compran para sus hijos una educación que combina exigencia académica, incorporación amplia a la cultura contemporánea y habilitación a la creatividad individual.

De otra cosa hablamos cuando la referencia es a la falta de exigencia en las escuelas. Se trata de otras escuelas y otros alumnos. Para decirlo claro, son instituciones que atienden a los grupos sociales que vienen perdiendo desde los años 70 en adelante. En este caso, las dificultades para mantener la eficacia de la enseñanza resulta de la combinación de varios factores que se potencian mutuamente

Escenario complejo

El primero de ellos es la progresiva homogeneización sociocultural de la población que atiende la escuela pública, que se profundizó durante el “menemato”, construyendo una perniciosa división entre pobres y perdedores que asisten a las escuelas públicas y ganadores competitivos que acceden al circuito privado. La pérdida de la capacidad de integración de los socialmente diferentes que ha sufrido la escuela no sólo tiene un impacto negativo sobre la cohesión de la sociedad, sino también sobre la calidad de la educación. Encierra a los grupos más desfavorecidos en un círculo de reproducción que es muy difícil o imposible romper desde la escuela.

En segundo lugar, la institución sufre de un modo dramático los cambios culturales. La escuela es una creación de la cultura letrada y debe mantener la transmisión de los instrumentos y formar en las competencias propias de esa cultura (leer, escribir, comprender textos), inmersa en una contemporaneidad organizada culturalmente por la primacía de la imagen. Esta es una ecuación difícil que la educación argentina no ha podido resolver. En parte, porque ésta no ha sido la preocupación que animó a las políticas del pasado, que pensaron la reforma como una reposición y reforzamiento de la propuesta pedagógica tradicional.

El tercer elemento a considerar es el impacto que sobre las escuelas tiene la construcción de una sociedad de la exclusión. La dramática existencia en el margen tiene una influencia directa sobre las dinámicas escolares. A diferencia de lo que pasa con las nuevas formaciones culturales, esta realidad se impone a la escuela y le exige un diálogo que modifica su tarea pedagógica, debilita la exigencia sobre los contenidos y, en algunos casos, habilita el desarrollo de otras habilidades y recursos culturales.

En la misma sintonía vibra el mandato que se construyó desde la autoridad, durante la segunda mitad de los 90, que privilegió la permanencia en el espacio escolar a la adquisición del conocimiento y que fue oportunamente destacado por el ministro Filmus en un reportaje hecho por Clarín. La saturación de demandas asistenciales, la presión por resultados que mejoren las estadísticas de repitencia y abandono, combinada con la ausencia de estrategias pedagógicas acordes con estas demandas y exigencias, hicieron un aporte decisivo para el debilitamiento de la efectividad de la escuela.

Por último, investigaciones desarrolladas en Flacso muestran que casi un 30% de los jóvenes que terminan la secundaria no consigue trabajo (a tres años de su egreso). Este hecho tiene una enorme incidencia en la construcción de un sentido para la escuela. Durante décadas, la hemos valorizado por su capacidad de transformar las trayectorias futuras de los jóvenes y hemos argumentado a favor del esfuerzo en base a una promesa de progreso. ¿Cuál es el valor del esfuerzo para chicos y docentes en cuyo horizonte no está la incorporación al trabajo?

No tengo duda de que es posible un futuro diferente para nuestra escuela. No en vano es casi la única institución que ha sido capaz de mantenerse en medio del derrumbe. Tampoco descreo de las posibilidades de construcción conjunta de este futuro si media la voluntad de los actores de caminar en este sentido. Pero es necesario advertir la complejidad de la problemática que se aborda.

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