La operación política de la transversalidad

LA OPERACIÓN POLITICA DE LA TRANSVERSALIDAD. EL PRESIDENTE KIRCHNER Y EL PARTIDO JUSTICIALISTA .

Juan Carlos Torre.

Texto revisado de la intervención en la Conferencia “Argentina en Perspectiva” organizada por el Centro de Estudiantes de la Universidad T. Di Tella, noviembre 2004.

I

Comencemos por ponernos de acuerdo sobre el tema que se nos ha sugerido tratar. ¿ De qué hablamos cuando hablamos de transversalidad ? Por medio de esta palabra, puesta en boga por la prensa, se hace referencia a la operación política puesta en marcha por el presidente Kirchner con vistas a incorporar a su empresa política a sectores de la izquierda peronista y no peronista marginales a las estructuras del partido Justicialista. Esa operación persigue dos objetivos. El primero, dotar al presidente Kirchner de recursos partidarios propios para compensar el déficit de apoyos organizados que exhibió al llegar al gobierno. Recordemos algo ya sabido: la mayoría de los votos que lo colocaron en la presidencia no le pertenecía en primera persona; eran más bien votos que respondían a quien apadrinó su candidatura, Eduardo Duhalde, el caudillo peronista del Gran Buenos Aires. El segundo objetivo de la operación política de la transversalidad es más ambicioso y consiste en utilizar a los sectores de la izquierda peronista y no peronista para impulsar una transformación del partido Justicialista, desplazando las ramas viejas del aparato partidario y promoviendo un viraje hacia la izquierda, congruente con las credenciales setentistas levantadas por el presidente Kirchner.

¿ Cómo se ha concebido la realización de esos objetivos ? Por lo que puede saberse, la idea es poner a su servicio el capital político acumulado durante los primeros meses en el gobierno con decisiones contundentes y un discurso desafiante. A poco de instalarse en la presidencia, Kirchner sustituyó a la cúpula de las fuerzas armadas, impulsó la reapertura de la causa por violación de los derechos humanos, promovió la sustitución de los jueces de la Corte Suprema designados por Carlos Menem, intervino agencias estatales conocidas como focos de corrupción y clientelismo, puso una distancia crítica en sus tratos con el mundo de los negocios y las finanzas internacionales. Con estas iniciativas, que fueron prolongadas por otras del mismo signo en los meses sucesivos, el presidente Kirchner fue al encuentro del malestar político que hizo eclosión en la crisis política de 2001 y resultó premiado con altos índices de popularidad en los sondeos de opinión. En estas condiciones, el propio presidente y su círculo de seguidores más cercano estimaron que contaban con recursos para iniciar el asalto político sobre las estructuras del partido Justicialista.

Como tantas otras en el pasado, esta empresa política descansa sobre dos supuestos: la creencia en la plasticidad del cuerpo político del país y la confianza en la capacidad demiúrgica de la voluntad política. Siguiendo el sendero marcado por estas dos claves es posible escribir la historia de la política argentina contemporánea. Cuando se lo hace se arriba con frecuencia a un cementerio de proyectos fracasados. En efecto, más tarde o más temprano, ese cuerpo político muestra no ser tan plástico y la voluntad política se confronta con la resistencia de identidades e intereses sólidamente arraigados, para luego comprobar la pérdida de su propia fuerza y tener que resignarse al eclipse de sus ilusiones originales. Nos parece oportuno evocar esta trayectoria al momento de hacer una reflexión sobre una historia todavía por hacerse.

II.

La operación política de la transversalidad no es, en principio, extravagante. Y no lo es porque se propone explotar un rasgo característico del partido justicialista: su gran flexibilidad para adaptarse a los cambios del medio ambiente político. Recientemente, Steven Levitsky en Transforming Labor-based parties in Latin America . Argentine Peronism in Comparative Perspective , ha llamado la atención a este fenómeno y lo explica en términos de las modalidades de la organización partidaria. Así afirma que el partido Justicialista es una organización muy débilmente institucionalizada, con reglas laxas y cambiantes, que facilitan el tránsito de propuestas de renovación programática y políticas de alianza lanzadas desde posiciones de liderazgo. En una estructura poco burocratizada, el eje de la dinámica interna se desplaza de abajo hacia arriba, desde los cuadros militantes hacia el vértice del partido, que cuenta en estas condiciones con menores restricciones para innovar. La experiencia del justicialismo durante la conducción de Carlos Menem fue ilustrativa a este respecto. El caudillo riojano se plegó a los vientos en favor del neoliberalismo que soplaron en los años noventa y produjo cambios tanto en el perfil programático como en la estrategia de coalición del justicialismo sin tener que lidiar con fuertes e insuperables resistencias dentro del partido.

Llegados a este punto podemos preguntarnos ¿ la gran flexibilidad del partido Justicialista es acaso sólo el producto de las peculiaridades de su organización ? Creemos que no. Pero antes de avanzar un paso más, introduciendo otro factor, vale la pena subrayar la pertinencia de la hipótesis de Levitsky. Para ello basta con detenernos un momento sobre la UCR, cuya organización está estructurada a partir de pautas muy contrastantes. El partido de los radicales está más institucionalizado en sus reglas internas y tiene tradiciones organizacionales más arraigadas. Un ejemplo: la carrera política dentro del partido se desenvuelve a lo largo de un sendero bien establecido, el ascenso es gradual, desde posiciones periféricas a posiciones centrales, y no siempre es fluido porque la mayor burocratización de la estructura partidaria tiende a producir el congelamiento de los lugares de liderazgo. En la UCR es impensable una trayectoria como la de Alberto Pierri, dirigente justicialista del Gran Buenos Aires en los años noventa. Empresario de fortuna, Pierri decidió actuar en política y se afilió al partido Justicialista; con sus dineros cooptó un número de punteros zonales del partido, montó sus propias unidades básicas y formó una corriente interna que en poco tiempo lo catapultó a los niveles de liderazgo en los tiempos de Menem, llegando a ocupar la presidencia de la Cámara de Diputados.

El tipo de estructura partidaria del justicialismo facilita trayectorias como la de Alberto Pierre y facilita también, sostiene Levitsky, la circulación de novedades programáticas y políticas. Estimamos, sin embargo, que hay otro factor que contribuye a este estado de cosas. Se trata de uno muy frecuentemente destacado por los analistas del fenómeno justicialista: su fuerte agnosticismo ideológico. Los políticos del justicialismo parecen ajustarse bien a un dicho muy popular en la ciencia política norteamericana que sostiene lo siguiente: los políticos levantan ideas para llegar al poder en lugar de buscar el poder para llevar a la práctica unas ideas. Esta perspectiva del comportamiento de los políticos, en la que las ideas son un instrumento al servicio de un interés, la conquista del poder, creemos que ayuda a explicar la versatilidad del justicialismo en materia de programas y de alianzas. Basta echar un vistazo a su itinerario histórico para constatar cuán a menudo se ha mimetizado plásticamente con las tendencias del medio ambiente político, hasta convertirse en un partido que ha visitado casi todas las estaciones del espectro ideológico.

III .

Con la empresa política del presidente Kirchner estamos ante una nueva manifestación de ese comportamiento tan característico del partido Justicialista. En esta ocasión el marco de referencia lo provee el extendido malestar ciudadano contra la clase política que gravitó sobre las elecciones legislativas de octubre de 2001 y ganó después las calles en las jornadas que precipitaron la renuncia del presidente De la Rua. Dichas elecciones legislativas se distinguieron por la magnitud –extraordinaria en la historia electoral del país- que alcanzó el voto negativo-la suma de los votos nulos y los votos en blanco- y las tasas de abstención. El rechazo de los electores -hay que subrayar- no afectó a todos los partidos con igual intensidad. Los partidos asociados al gobierno experimentaron una verdadera hemorragia electoral. En primer lugar, la UCR y el Frepaso, los dos pilares de la alianza gobernante, perdieron el 60 % de los votos obtenidos en las elecciones previas de 1999. En segundo lugar, Acción por la República, el partido de D. Cavallo, por entonces ministro del gabinete de De la Rua, sufrió la deserción del 80 % de sus electores. Si bien experimentó una caída en su caudal electoral, en torno del 25 %, el partido Justicialista soportó comparativamente mejor el impacto de la revuelta antipartido y pudo luego, no sin tropiezos, dar una salida a la emergencia política provocada por la renuncia de De la Rua.

Cómo habrían de revelarlo las elecciones presidenciales de 2003 el partido Justicialista también estaba en problemas pero éstos se localizaban más en la débil cohesión de su elenco dirigente que en la salud de los vínculos con su electorado: a la disputa por la presidencia presentó tres candidaturas. Conocemos cuál fue el desenlace de la crisis de conducción, la instalación en la presidencia de Nestor Kirchner, un dirigente del segundo nivel en las jerarquías del justicialismo. Este inesperado giro de la historia habría de tener consecuencias importantes. Hasta allí el partido había logrado transitar relativamente indemne en medio de las turbulencias del malestar ciudadano. Ahora, con el flamante presidente en una posición de liderazgo, se abrió una brecha en la conducción del justicialismo y por ella se filtró la fuerza desestabilizadora del repudio a la clase política, que ya había diezmado las filas del radicalismo y hecho desaparecer del mapa político al Frepaso y Acción por la República. En efecto, una vez en su cargo, el presidente Kirchner hizo suyo el clamor sintetizado , por cierto en forma extrema, por la consigna “Que se vayan todos !” y lo dirigió hacia los cuarteles generales de su propio partido . Se inició, de este modo, desde las filas del justicialismo una renovada tentativa por adaptarse a los cambios del medio ambiente político.

Para ponerla en marcha y darle credibilidad, el presidente Kirchner se colocó en la posición de outsider de la clase política y con ese fin se presentó como un miembro de “la generación diezmada” de los años setenta, protagonista de un verdadero drama político en la historia argentina contemporánea. A propósito de esa generación y de este drama político, tenemos que, en esos años, grandes contingentes de la juventud de las clases medias afluyeron en masa al peronismo, haciendo un giro de 180 grados respecto de las tradiciones políticas del mundo social al que pertenecían. El país asistió entonces a un verdadero parricidio político ya que estos jóvenes abrazaron la misma causa que sus padres habían combatido a principios de los años cincuenta. Hace pocos días, en este mes de noviembre, en el Colegio Nacional de Buenos Aires se conmemoró el 50 aniversario de la gran huelga universitaria de 1954 contra el régimen de Perón. El clima reinante entre los que se congregaron para recordar sus entusiasmos juveniles fue, para usar una palabra de época, muy gorila. El hecho sugestivo es que se realizó en el mismo colegio desde cuyas aulas fueron muchos los alumnos que partieron para seguir al liderazgo de Perón y alistarse con las armas en la mano en el movimiento peronista.

En una reconstrucción celebratoria de esa experiencia, Santiago Garaño y Werner Pertot, en el libro La Otra Juvenilia, Militancia y Represión en el Colegio Nacional de Buenos Aires, 1971-1986 describen la atmósfera de lo que fue, en sus palabras, “una breve pero intensa primavera”. El relato del acto de asunción del nuevo rector del colegio en junio de 1973, en los primeros días de la presidencia de Hector Cámpora, es ilustrativo. El rector designado pronunció un discurso en el aula magna repleta de estudiantes y comenzó diciendo: “Compañeros: Me es grato señalar que considero investido en absoluta legitimidad el cargo que asumo, ya que la designación procede de un gobierno que representa la voluntad ampliamente mayoritaria del pueblo argentino y, en especial de la clase trabajadora, protagonista necesaria de la historia contemporánea. Además, es un Gobierno de la Libertad porque pone el acento en la solución de las causas de los problemas sociales y no en la represión de sus efectos…” Los autores destacan que luego de estas primeras palabras, “Hizo una pausa, no sólo para recuperar aliento sino para esperar que el monumental sonido de los bombos y las voces de aprobación se aplacasen por un momento.”

Más tarde en su intervención, el nuevo rector evocó a una figura emblemática en la tradición del “Buenos Aires”, Amadeo Jacques, que fuera en 1863 un renovador de los estudios de la institución, y destacó que “Su personalidad y su pensamiento son más significativos de lo que usualmente trasciende. Jacques fue un liberal pero un liberal preocupado por los trabajadores, respetuoso de la soberanía popular y de (una) insobornable conducta cívica….Podríamos decirle al querido Jacques que muchos estudiantes han asumido como una militancia vital el estudio de la verdad y la belleza y muchos han alumbrado el camino hacia la Argentina soñada –los hemos visto inquietos e idealistas- dedicando todos sus esfuerzos, postergando a veces vocaciones sentidas, dejando en la empresa la vida misma. Abal Medina, Ramus, Goldenberg, Olmedo, Cesaris, Sabeli, Provenzano. Pido un minuto de silencio en memoria de quienes han dado su vida por la Patria Redimida”. Garaño y Pertot recuerdan que “Al oir cada uno de esos nombres los estudiantes gritaron ¡ Presente !. Por primera vez, un rector reconocía como héroes de la patria, junto a Belgrano y Moreno, a los ex alumnos asesinados por la dictadura, que además estaban ligados a las organizaciones revolucionarias de Montoneros, FAR, FAL y ERP. Cuando terminó el discurso cantaron la Marcha Peronista”.

Cien años antes, en la Rusia zarista, tuvo lugar una experiencia política que, a mi juicio, exhibió ciertos paralelismos con la trayectoria de la movilización de los jóvenes de las clases medias argentinas. En el verano de 1874 miles de estudiantes abandonaron las universidades y las ciudades y marcharon hacia las zonas rurales para ir al encuentro de los campesinos, que en la literatura revolucionaria de la época constituían la expresión de las tradiciones más genuinas de Rusia y eran la reserva moral de una transformación social en gran escala. Dejaron tras de sí sus familias burguesas, se vistieron con las ropas rústicas de los mujicks y fueron a compartir la vida de los campesinos, sus trabajos y sus miserias, con el propósito de incitarlos a la rebelión. El “Movimiento Hacia el Pueblo”-tal fue el nombre con el que fue conocido-despertó la benevolencia de sectores de la clase dirigente: algunos terratenientes les permitieron instalarse en sus propiedades y crear focos de propaganda, jueces y funcionarios de las aldeas les dieron hospitalidad e incluso dinero. El historiador italiano, Franco Venturi, en su libro Il PopulismoRusso, ha hecho un balance de esa experiencia. En él nos dice que los esfuerzos de los estudiantes no consiguieron suscitar actos de protesta abierta. La mentalidad de los campesinos se les presentó con una luz distinta de la que se habían imaginado. En general, éstos escucharon con sorpresa y a veces con desconfianza las arengas de esos extraños peregrinos que venían de tan lejos. Algunos de los hijos de los estratos burgueses no pudieron sobrellevar las duras condiciones de existencia que habían escogido y regresaron; otros abandonaron sus propósitos y se asimilaron a la vida campesina, muchos terminaron en las cárceles o fueron deportados, víctimas de la represión de la policía zarista. El fracaso de esta aventura política condujo más tarde a que pequeños grupos de estudiantes formaran células terroristas y buscaran por medio de los atentados y los asesinatos el camino de la revolución que no habían podido franquear con su llamado a las masas campesinas. A pesar de los golpes que habría de infligir a las jerarquías del régimen zarista, la opción por la violencia terrorista tampoco prosperó. El cambio revolucionario de Rusia se produjo décadas más tarde, por los efectos de la conmoción política y social provocados por su participación en la Primera Guerra Mundial y el surgimiento de nuevas formas de intervención política.

Nos referimos recién a la existencia de ciertos paralelismos entre estas dos experiencias. El primero es bien claro en el origen de ambas: el gesto de ruptura por medio del cual los jóvenes rompieron los puentes con los ámbitos y las tradiciones a las que pertenecían para ir a la búsqueda de la fusión con sectores y movimientos que representaban para ellos la promesa de un cambio revolucionario. Al dirigir la atención a la trayectoria inmediatamente posterior surgen a la luz diferencias. En Argentina, el “ Movimiento Hacia el Pueblo” se desenvolvió al principio en un contexto político más favorable que en Rusia y, en consecuencia, logró crecer y desenvolverse penetrando a través de las fronteras siempre porosas del peronismo. Sin embargo, al extender la perspectiva en el tiempo comprobamos que los contrastes se diluyen porque un mismo fracaso terminó por acercar en definitiva a las dos experiencias. El 1 de Mayo de 1974, en la concentración popular del Día del Trabajo, Perón acusó a los jóvenes partidarios de un “peronismo socialista” de ser “mercenarios pagados por extranjeros” y ordenó la expulsión de “los infiltrados” de las filas de su movimiento. Los destinatarios de esta inequívoca condena abandonaron la Plaza de Mayo y en soledad emprendieron el camino que para muchos habría de conducir, con las armas en la mano o sin ellas, a la muerte bajo el terrorismo de estado. Entre tanto, el movimiento peronista siguió su curso, que fue accidentado, sacudido por fuertes conflictos, pero sobre el cual no dejó huellas visibles la empresa política de los jóvenes setentistas, ajena como era a su historia y a sus tendencias naturales.

La experiencia trágica que recién evocamos tuvo sus sobrevivientes y, a comienzos de los años ochenta, éstos se sumaron, junto a tantos otros argentinos, al proceso de redescubrimiento del Estado de Derecho y de los valores democráticos. Hacia 1991 y después de un largo silencio su perfil volvió a ser reconocible en la disidencia encabezada por el Frente Grande contra las políticas del justicialismo en el gobierno de Menem. Al reaparecer en el escenario político del país la izquierda de origen peronista lo hizo esta vez en su estación republicana y levantó las banderas de la lucha contra la corrupción política y la manipulación institucional. Con ellas habría de convertirse en el polo de aglutinamiento de sectores medios, urbanos y educados, para transformarse, bajo la sigla del Frepaso, en la segunda fuerza política detrás del partido Justicialista. Este vertiginoso ascenso culminará, luego del acuerdo con la UCR, en el gobierno de la Alianza de 1999 con la presidencia de De la Rua. Ya aludimos antes al fracaso político de esta experiencia de gobierno, simbólicamente condensado en el generalizado voto de repudio de las elecciones legislativas de 2001. Agreguemos ahora que, de acuerdo a los estudios existentes, la mayoría de los que entonces retiraron su respaldo a los partidos oficialistas fueron ex votantes del Frepaso. Para todos ellos en 2001 se cumplió una nueva secuencia en la parábola de una trayectoria política hecha de prometedores entusiasmos y de fulminantes decepciones. Pero dos años después un accidente de la vida política vino a rescatarlos de la frustración y a renovar sus expectativas: la llegada de Kirchner a la presidencia.

IV

Sabemos que al lanzar su candidatura en 2003 el entonces gobernador de la provincia de Santa Cruz lo hizo en verdad con vistas a las elecciones presidenciales de 2007. Proveniente de una provincia periférica y sin una participación relevante en las primeras filas del justicialismo, su objetivo fue aprovechar la plataforma de la campaña electoral de 2003 para hacerse conocer por la opinión pública nacional y buscar apoyos para disputar la sucesión presidencial cuatro años más tarde. Los avatares de la pugna entre los dos principales caudillos del peronismo, Menem y Duhalde, apuraron sus tiempos y el 25 de mayo de 2003 se convirtió en el nuevo ocupante legal de la Casa Rosada. Este sorpresivo viraje de su fortuna política lo encontró a mitad de camino en la construcción de un liderazgo nacional. En otras palabras, Kirchner no llegó a la presidencia culminando una larga marcha política y rodeado de sostén popular. Este sí fue el caso de Alfonsin en 1983, Menem en 1989 y, en cierto modo, también el de la Alianza en 1999. Se comprende que, en esas circunstancias, se apresurara a explotar los atributos del poder presidencial que estaban a su alcance a fin de compensar el origen fortuito de su flamante autoridad y afirmarla sobre nuevas bases, más sólidas y más independientes.

A continuación permítanme una analogía histórica con la finalidad de colocar en perspectiva la empresa política del presidente Kirchner, en cuyo marco se desenvuelve la operación política de la transversalidad. Se trata de otro caso de construcción de poder político-partidario desde arriba y es aquel que tuvo por protagonista al coronel Perón en la Revolución de 1943. Perón tampoco llegó a ser el hombre fuerte del régimen militar al cabo de una larga marcha política y rodeado de sostén popular. Más bien fue en el secreto de las luchas de palacio que desplazó a sus rivales dentro de la elite revolucionaria hasta lograr en julio de 1944 el control sobre las palancas del poder autoritario. La referencia al carácter autoritario del poder en manos de Perón indica la diferencia con la naturaleza del poder que detenta el presidente Kirchner, que es origen electivo. Hecha esta aclaración, tanto el coronel Perón como el ex gobernador de Santa Cruz estuvieron de todos modos delante de un desafío común: construir a partir de las alturas del Estado poder político-partidario o, lo que es lo mismo, ganar apoyos políticos organizados en la sociedad a los efectos de consolidar su dominio sobre las instituciones de gobierno.

Dos son las dimensiones del mercado de la política que condicionan las pretensiones de estos nuevos líderes surgidos en el vértice político del aparato estatal. Por un lado, la existencia de un potencial de demandas insatisfechas, por el otro, la consistencia o, al contrario, la fluidez de las ofertas partidarias disponibles. En un escenario ideal, la apuesta de los nuevos líderes será exitosa si el respaldo popular que obtienen yendo al encuentro de los reclamos de la población pueden luego utilizarlo para reestructurar las ofertas partidarias disponibles, creando otras nuevas en su favor. La clave de este proceso de construcción política es la transferencia de los logros ante el tribunal de la opinión pública al terreno de los partidos y ello depende, como sugerimos recién, de cuán consistente o cuán fluido sea el arraigo de los partidos. Para reconstruir las vicisitudes de este proceso haremos una breve digresión sobre la experiencia del coronel Perón.

Una vez que consolidó su posición en el régimen militar Perón estuvo en condiciones de concretar desde de la Secretaria de Trabajo el acercamiento con el movimiento obrero. Por medio de decretos, los poderes públicos irrumpieron en la vida de las empresas imponiendo la negociación colectiva, estimulando la afiliación sindical, reparando viejos agravios. Estas iniciativas despertaron las expectativas de unos cuadros sindicales que habían reclamado en vano durante muchos años la protección estatal. En un breve plazo, los resultados de la apertura laboral le fueron ganando las simpatías de franjas cada vez más amplias de las clases trabajadores, mientras crecía la hostilidad de los empresarios. A principios de 1945, el triunfo inminente de los ejércitos aliados en la Segunda Guerra Mundial obligó a un ajuste del régimen militar a los nuevos tiempos: se declaró la guerra a Alemania e Italia y en el plano interno, se restablecieron las libertades, los partidos volvieron a la legalidad y fueron convocadas elecciones presidenciales para 1946. Mientras conducía políticamente la reconversión de la Revolución de Junio, Perón se preparó para gravitar sobre la próxima transición a la democracia. Tenía ya un importante respaldo popular; necesitaba organizar electoralmente esos apoyos para aspirar a la presidencia.

Con ese propósito inició contactos con políticos conservadores y radicales. El objetivo era colocar al servicio de sus ambiciones máquinas políticas de probada eficacia electoral. Estos intentos resultaron infructuosos. Muy pocos dirigentes políticos se mostraron dispuestos a secundarlo, convencidos de que, por su pasado filofascista, tenía los días contados a juzgar por la evolución de la situación internacional. Al tiempo que a Perón se le cerraba la vía de los partidos, una gran movilización de los sectores medios, pronto reforzada por los empresarios, ocupaba las calles buscando imponer la rendición del régimen militar y la entrega del poder a la Suprema Corte. A fin de poner un freno a esas presiones, altos jefes del ejército forzaron la renuncia de Perón y lo pusieron en prisión. El emergente líder popular se retiró de escena pero antes hizo un llamado a los trabajadores para que acudieran en defensa de sus reformas laborales. Tuvo lugar entonces la jornada del 17 de Octubre. El desenlace es conocido: “Todo el Poder a Perón !”, como tituló con certera síntesis el diario The Times de Londres. Después de desplazar del ejército a sus más recientes rivales y confiar a sus camaradas más cercanos la conducción del régimen, Perón se lanzó a la disputa por la presidencia con sus fuerzas propias. Al hacerlo pudo comprobar el estado de fluidez en que se encontraban las estructuras partidarias existentes, luego de dos años de rápidos cambios sociales y políticos promovidos desde el Estado. Cuando se conocieron los resultados de las elecciones de 1946 emergió a la superficie el profundo realineamiento político que se había producido en el mundo del trabajo. Con el aporte de los aparatos electorales formados por los sindicatos y desertores del radicalismo, Perón le arrebató a los partidos tradicionales el grueso de sus séquitos populares y conformó con ellos una nueva mayoría electoral, que bajo su liderazgo quedó más tarde encuadrada en el partido Peronista.

Teniendo por telón de fondo la apuesta política exitosa del coronel Perón retomemos la del presidente Kirchner todavía en curso. Al colocar el foco en ella, se advierte, como anticipamos, la resolución positiva del primer desafío en la tarea de construir poder político-partidario: el logro de altos índices de popularidad por medio de iniciativas que capturaron la insatisfacción reinante con los usos y costumbres de la democracia de partidos. Con este señalamiento queremos subrayar que el favor popular que muy tempranamente rodeó a la gestión de Kirchner fue algo más que la reacción agradecida a cuanto hizo por rehabilitar la autoridad presidencia, luego del pobre desempeño de De la Rua y de las limitaciones, más comprensibles, del interinato de Duhalde. Ese favor popular lo ganó también con sus críticas a la corporación política y a la gravitación de los poderes fácticos. En este sentido, fue a todas luces sugestiva la forma con la que Kirchner escenificó su instalación en la presidencia. Allí adonde las convenciones aconsejan al nuevo ocupante de la Casa Rosada iniciar su mandato con visitas protocolares de la jerarquía eclesiástica, de las representaciones del mundo de los negocios, de las autoridades de los partidos y el Congreso, el presidente Kirchner no quiso nada de eso: postergó indefinidamente esos encuentros y abrió primero las puertas de su despacho a los líderes del movimiento piquetero y a los organismos en defensa de derechos humanos.

Las condiciones de posibilidad de éstas y muchas otras orquestadas transgresiones se gestaron en las jornadas de cólera y protesta de fines de 2001, en el clima de cuestionamiento de la política y de los años noventa que afloró entonces arrolladoramente, para luego tener una presencia permanente en la vida pública del país. De allí extrajo el presidente Kirchner el impulso para su retórica denuncialista, de allí recibió, asimismo, en contrapartida, muestras repetidas de aprobación. Tan eficaz fue su sintonía con los humores de la opinión que a los pocos meses de estar en el cargo creyó que ya podía afrontar el segundo desafío que tenía por delante, el de capitalizar sus apoyos populares en apoyos partidarios. Con ello no sólo daba un paso decisivo en su empresa política. Consideramos que había algo más y muy importante en juego: la conquista de fuerzas adictas, más sensibles a los incentivos políticos del poder y por lo tanto, más confiables podría colocarlo, precisamente, al abrigo del vaivén de los humores de la opinión. Como lo han hecho saber sus allegados, desde que los encuestadores comenzaron a traerle buenas noticias, el presidente Kirchner vivía en el temor de que esos aplausos virtuales se convirtiesen en protestas reales no bien algún contratiempo inesperado hiciera impacto sobre su gobierno. Contar con apoyos partidarios que estuvieran, con lluvia o con sol, atados a su destino político conjuraba ese temor y lo devolvía con más seguridades al frente de su cruzada regeneracionista. En este tramo de la historia reciente se inserta la operación política de la transversalidad.

V

Reiteremos lo ya dicho: la cruzada regeneracionista del presidente Kirchner tuvo el efecto de reactivar los entusiasmos de la izquierda peronista. Al abandonar su condición de célula política dormida, los sobrevivientes de la generación setentista volvieron esta vez menos tocados por los valores republicanos que habían marcado su anterior encarnación, en los tiempos del Frepaso, y más animados por el espíritu vindicativo con el que ingresaron originalmente a la vida pública. Con su regreso al primer plano, en el año 2003 asistimos a un fenómeno político conocido. La inestabilidad de la política –esa siempre lamentada falla geológica de Argentina que priva al país de alianzas estables y de proyectos duraderos- vino a mostrar su otra faz más generosa. Aludimos a las oportunidades que ofrece a las aspiraciones y los sueños más diversos que nutre en sus entrañas de volver a tener su cuarto de hora y experimentar la sensación de hacer historia. No pocos de los que se sumaron a la falange de parientes y amigos que acompaña al presidente Kirchner desde su lejano sur estuvieron entre los jóvenes que, después del anatema de Perón, abandonaron hace 30 años la Plaza de Mayo con el puño cerrado en alto. En este nuevo rendez-vous con la Gran Política les fue confiada la misión de llevar a cabo la operación política de la transversalidad.

Veamos el cuadro de situación en el que esta misión fue decidida. El primer dato a tomar en cuenta es la indigencia de poderes partidarios del presidente Kirchner. Al asumir el gobierno no tenía peso alguno en la conducción del partido Justicialista mientras en el Congreso contaba sólo con un puñado de legisladores que le respondían en forma directa. En estas circunstancias, a la hora de gobernar debía inclinarse ante los caudillos provinciales que dominaban las estructuras del partido; por cierto, una alternativa escasamente compatible con su cruzada contra “las formas tradicionales de hacer política” de las que aquellos eran su expresión más vistosa y condenable.

El segundo dato del cuadro de situación es más bien una conjetura, la existencia en el universo político de una masa de electores disponibles. La desaparición del Frepaso había dejado en un estado de orfandad a un gran número de votantes de centro-izquierda, predominantemente de clase media. Algunos emigraron después al ARI, de Elisa Carrió, pero la mayoría se mantuvo a la expectativa y en 2003 votó individualmente por la candidatura de Kirchner. He ahí la población-objetivo de la operación política de la transversalidad. En los cálculos de sus promotores, la organización de esas voluntades permitiría crear una oferta partidaria alternativa, con un peso cercano al 20 % sobre el electorado nacional, lo cual comportaba un explicable ajuste hacia abajo sobre el 25 % alcanzado por el Frepaso en su momento de mayor esplendor como fuerza independiente, en 1995. A partir de esta plataforma el presidente Kirchner estaría en condiciones de caminar sobre sus propios pies y de sentarse a negociar en términos más ventajosos con los jefes del partido Justicialista.

Las esperanzas puestas en esa operación política no se han materializado. Contra ella conspiraron una variedad de factores, comenzando por una patología muy propia de la izquierda argentina. Y ésta es su tendencia a desenvolverse en pequeños agrupamientos, opuestos entre sí por interpretaciones opuestas del “Qué hacer ?” y ocupados cada uno en la preservación de sus reducidos territorios. A esta tendencia a “los grupúsculos”, los veteranos de la generación setentista incorporados al aparato estatal por el poder de nómina del presidente Kirchner sobreimpusieron sus propias ambiciones muy personales. El resultado: la frecuencia con que la prensa informa que tal o cuál funcionario del primer o segundo escalón de la administración de gobierno ha creado su fundación o lanzado su corriente política con vistas a reunir tropa propia para pesar en el espacio todavía virtual del “kirchnerismo”. Al presente, los frutos de la operación política de la transversalidad son, para usar una expresión de la política criolla, “muchos caciques, pocos indios”.

La magra cosecha de la transversalidad en la construcción de poder político-partidario es también tributaria de la dificultad que plantea la organización política de sectores medios. En este plano, el de la población-objetivo, la apuesta política del coronel Perón corre con ventajas en la comparación. Después del desaire de los dirigentes de los partidos tradicionales reorientó sus esfuerzos hacia las clases trabajadoras y explotó un terreno más propicio. Las redes sociales que vertebran el mundo del trabajo – en el lugar de la producción pero también fuera de él- facilitan la tarea de los organizadores, que en el caso de Perón se reclutaron entre los cuadros del movimiento obrero. La trama social de los sectores medios, más atomizada, sumada al carácter más individualizado que en ellos adoptan las opciones políticas, complica las cosas. Es revelador que el Frepaso, un partido que creció muy rápidamente en ese ámbito, haya sido un partido con una existencia sobre todo en los medios de comunicación. Como también es revelador que la única fuerza encuadrada del “kirchnerismo” la haya aportado la cooptación de líderes del movimiento piquetero.

Más allá de las falencias auto-infligidas, como la proliferación de pequeños emprendimientos políticos, de las dificultades del espacio político en el que aspiraba a crecer- los sectores medios desencantados con el centro-izquierda-, la operación política de la transversalidad fue afectada por otro problema: su oportunidad. Los tiempos para la maduración de sus eventuales frutos no se correspondieron con las urgencias de un presidente que ganaba en el tribunal de la opinión pero al que se le recordaba, de muy diversas maneras, su condición de hijo político adoptivo de los barones del justicialismo. En marzo de 2004 el presidente Kirchner decidió no esperar más, redobló su apuesta política y buscó transferir el favor popular que acompañaba a su gobierno al control de la conducción del justicialismo. La ocasión para esta ofensiva fue el congreso convocado en Parque Norte para designar nuevas autoridades del partido.

Ocurrió, sin embargo, que la tentativa no prosperó. Los candidatos que propuso no encontraron suficiente consenso; tampoco sus rivales consiguieron, en definitiva, imponer los suyos. En esas circunstancias, se arribó a una neutralización de las fuerzas en pugna; pero no antes de que, durante las deliberaciones del congreso, sacaran a la luz, espectacularmente, sus mutuos resentimientos. Los del presidente Kirchner y sus seguidores contra lo que despectivamente llaman “el pejotismo”, los de los jefes partidarios tradicionales contra un liderazgo alternativo que consideran poco “peronista”. Un observador externo de las prácticas políticas de unos y otros es posible que encuentre difícil explicar la aspereza de los enfrentamientos. Quienes están involucrados en ellos no padecen de esa miopía, tan propia del sentido común no peronista, y se mantienen en una vigilia constante, no ceden en sus enconos, saben que están disputando por un trofeo mayor, la hegemonía sobre el principal – ¿ acaso también el único ? – partido nacional de Argentina.

La ambición conquistadora del presidente Kirchner tropezó, pues, con un obstáculo en el fallido congreso de Parque Norte; no logró, en suma, atravesar la consistencia del aparato partidario para levantar dentro de él un enclave político propio. Luego, las necesidades de gobierno le impulsaron a buscar los apoyos partidarios adonde se encontraban, y éstos se hallaban en los dominios de los caudillos provinciales del justicialismo. Bajo la presión de esas necesidades y la restricción de una realidad partidaria todavía inmodificable se concertó una tregua. Estos son los tiempos actuales de la empresa política del presidente Kirchner. Estos son, asimismo, los términos de su dilema. La tregua le asegura los apoyos partidarios indispensables para gobernar. Se trata de unos apoyos que por provenir de un partido como el justicialista pueden ser muy generosos en materia de disciplina legislativa y llegar incluso a la delegación de facultades del Congreso en el Ejecutivo. Pero con una condición, que se mantenga inalterada la distribución interna del poder territorial. La tregua comporta, entonces, un freno a la cruzada regeneracionista y la coloca ante un riesgo previsible, su “normalización”, esto es, su gradual acomodamiento a un estado de cosas menos fluido de lo que imaginaron sus animadores. Que este eventual desenlace es insatisfactorio para el presidente Kirchner no caben dudas. Su gestión de gobierno se ha transformado en una campaña electoral permanente, en busca de la ratificación plebiscitaria que le permita retomar su apuesta política original: cambiar al partido Justicialista tal como lo conocemos, lo que implica por lo menos barajar y dar de nuevo las cartas del poder partidario, despojando de recursos a sus rivales para entregarlos a sus fuerzas adictas.

He ahí delineado el escenario futuro de una dinámica política que conocemos del pasado. El partido Justicialista en el gobierno tiende a funcionar como un sistema político en sí mismo, vale decir, a actuar simultáneamente como oficialismo y oposición. Este perfil bifronte responde a dos rasgos constitutivos del partido. El primero es la amplitud de las coaliciones de apoyo que alberga en sus filas. La heterogeneidad de intereses y de visiones de dichas coaliciones alimenta el contrapunto entre oficialismo y oposición que caracteriza a las administraciones justicialistas. El segundo rasgo del partido que contribuye a mantener vivo ese contrapunto es su débil institucionalización como organización partidaria. Se trata de un rasgo que si bien, por un lado, facilita la adaptación a los cambios del medio ambiente político, por el otro reabre continuamente y sin reglas las disputas por el liderazgo interno. En ausencia de una oferta partidaria en condiciones de ser alternativa y ubicado en la posición de partido predominante, el justicialismo tiende a volcar sus conflictos entre oficialismo y oposición sobre las instituciones de gobierno, comprometiendo su coherencia, afectando su funcionamiento. Ocurrió en 1973-1976, volvió a ocurrir en el último tramo de los diez años de Menem, está latente hoy en la guerra de posiciones que Nestor Kirchner y Eduardo Duhalde libran sobre el tablero institucional de la provincia de Buenos Aires.

Con esta perspectiva por delante, una advertencia a los argentinos: en la marcha por los senderos de la democracia iniciada en 1983 se levantarán, más tarde o más temprano, nuevas tormentas políticas que pondrán a prueba su temple y su imaginación para encontrar salidas y mantener firme el rumbo.

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