Club de Cultura Socialista José Aricó
  Gobernabilidad y democracia en la Argentina de hoy
 
Gobernabilidad y democracia en la Argentina de hoy

GOBERNABILIDAD Y DEMOCRACIA EN LA ARGENTINA DE HOY

 

Juan Carlos Torre

 

En l975 en su informe a la Comisión Trilateral, Michael Crozier, Samuel Huntington y Joji Watanuki formularon el siguiente diagnóstico sobre la salud de las democracias de Estados Unidos, Europa y Japón: las demandas y los problemas crecen y se acumulan, desbordando la capacidad de los estados para afrontarlos, al tiempo que la autoridad política está en declinación. La perspectiva era sombría. Para los autores, el futuro de la democracia estaba en cuestión. Me ha parecido oportuno recordar hoy aquel diagnóstico no para destacar que sus temores resultaron al final infundados: los países que eran motivo de su preocupación no conocieron una regresión autoritaria. He evocado el diagnóstico de la Comisión Trilateral porque ofrece una caracterización bastante cercana a la que nos presentan tantos analistas sobre la situación argentina en el plano institucional. Para completar el cuadro podemos agregar lo que se verifica en el plano social; en pocos indicadores, tenemos que la mitad de la población está por debajo de la línea de pobreza, que un trabajador cada cinco está desempleado, que el ingreso per cápita descendió casi un 25 % en los últimos cuatro años. Cuando a todo ello sumamos que estamos ante un gobierno impotente que posterga decisiones, ante una mutiplicidad de poderes de veto, ante a un estado de efervescencia y movilización que no cesa, entonces, la perspectiva sombría de la Comisión Trilateral parece más fundada. En estas circunstancias, Crozier, Huntington y Watanuki bien podrían sostener que el futuro de la democracia argentina está en cuestión.

Sin embargo, considero improbable una solución autoritaria. Esto es, considero improbable que las fuerzas armadas en primera persona o en combinación con un presidente civil interrumpan o limiten seriamente el juego democrático. Y esto por tres razones. La primera, las fuerzas armadas no se han recuperado todavía del daño que se auto-infligieron al presidir el régimen más cruel de nuestra historia y al ser clamorosamente derrotadas en la Guerra de Malvinas. Es verdad que de entonces para acá se ha verificado en los sondeos de opinión un lento crecimiento de su valoración positiva. No obstante, dentro de la propia corporación militar no ha concluido la digestión de su última y desastrosa incursión en la vida pública del país; a su vez, la memoria de esa experiencia está suficientemente fresca para que se reactive la condena de una mayoría de la ciudadanía ante al primer gesto de amenaza. La segunda razón se refiere al contexto internacional. Hace poco los avatares del proceso político de Paraguay permitieron constatar que los países de la región están prontos a cerrar filas alrededor de la preservación del juego democrático. Entre tanto, los esfuerzos de César Gaviria desde la OEA por acercar posiciones en la convulsionada coyuntura venezolana revelan que los países de América Latina no están solos a la hora de elegir las reglas para su vida política. Por cierto una mirada sobre el continente está lejos de devolvernos la imagen de una democracia constitucional robusta y saludable. Pero el impacto que la reciente lección de convivencia democrática que viene de Brasil tiene en las relaciones regionales me lleva a afirmar que los actuales no son tiempos propicios para soluciones autoritarias. Finalmente, una tercera razón, según los sondeos de opinión los argentinos continúan creyendo por mayoría que la democracia es mejor que cualquier otra fórmula de gobierno. El descontento hacia los partidos y los políticos, visible en las conductas y las opiniones, no se ha extendido hasta el rechazo hacia el régimen democrático. Más aún diría, en los últimos tiempos hemos asistido al surgimiento en franjas significativas de la ciudadanía de una nueva cultura política, que valoriza los mecanismos de la democracia, esto es, los principios de la transparencia, la legalidad, la ética pública y que mantiene una desconfianza vigilante sobre los que ejercen los poderes públicos.

Por estas tres razones considero improbable una solución autoritaria a los problemas de gobernabilidad de la actual coyuntura argentina. A lo largo de los casi 20 años transcurridos desde su reconstrucción, la democracia en nuestro país pasó por momentos críticos y en cada uno de ellos encontró una salida en el marco de las reglas de juego. Si la solución autoritaria no es una alternativa probable ¿por qué, entonces, formularse la pregunta acerca de su factibilidad?. ¿ Por qué hacer una pregunta que suma una inquietud más a las tantas que el país de hoy en día nos suscita?. Mi primera respuesta es porque tal es el corolario natural de cuanto escuchamos cotidianamente. Así, desde el Episcopado se nos dice de los hombres políticos que “están acabando con la patria” (…) que hay que empezar de nuevo”; hasta hace poco, la consigna convocante de las masas en las calles era “Que se vayan todos”; por lo demás, son numerosos los intelectuales que, preocupados por conservar su capacidad crítica, proclaman con pesimismo que el país marcha hacia un final de juego. Este tipo de comentarios y afirmaciones no parece advertir que la palabra pública construye hechos públicos, los cuales luego cobran vida propia. En las circunstancias actuales, la alternativa puede terminar siendo la sustitución de un laborioso proceso de rectificación del rumbo en condiciones de libertad por un régimen autoritario.

Una segunda respuesta a la cuestión de por qué plantear la pregunta por la solución autoritaria y descartarla como improbable podría ser la siguiente: hacemos la pregunta para exorcizar el principio de irrealidad que según muchos observadores extranjeros singularizaría a la mentalidad argentina. Al respecto tengo presente a los escritores Jorge Edwards, de Chile, y Mario Vargas Llosas, de Perú, quienes han destacado la tendencia de los argentinos a fugarse de la realidad y habitar un mundo de ilusiones. No es mi intención internarme en las zonas profundas de la antropología cultural. No obstante estimo que algo de verdad hay en esa observación. La experiencia más reciente y contundente de la eficacia del principio de irrealidad fue la defensa colectiva a ultranza del régimen de convertibilidad, cuando para muchos, que miraban con asombro al país desde afuera, las condiciones de posibilidad de dicho régimen se habían ido perdiendo con el paso del tiempo, en particular desde l998. El rechazo a reconocer las fallas de una fórmula económica que en su momento había sido una solución forjó un macizo consenso que resistió todas las objeciones y preparó mal a la opinión pública para el día del derrumbe.

Hoy en día la eficacia del principio de irrealidad la exhibe plenamente el comportamiento de sectores escogidos de la clase política, me refiero sobre todo a los dirigentes del Partido Justicialista. En efecto, los vemos entregados a una fiera lucha política atraídos por la fuerza de un comportamiento autista que los coloca de espaldas a los problemas graves de la economía y la sociedad. El panorama de fragmentación política, de progresiva anarquía institucional, de política de plaza que tenemos por delante no parece perturbarlos, confiados como están en que pueden mostrar impunemente sus miserias y miopías. Cuando echamos una mirada a los países vecinos que confrontan también desafíos económicos y sociales vemos conductas cooperativas, es el caso de Uruguay, lo es también la transición institucional de Brasil. Aquí, en cambio, comportamientos semejantes brillaban por su ausencia. Esta referencia a los liderazgos nos permite colocar en su perspectiva adecuada la preocupación actual por la democracia argentina.

Con frecuencia los sociólogos sostienen que la terminación de los regímenes democráticos se explica por fuerzas estructurales, como el acentuamiento de las desigualdades sociales, la bancarrota de las economías, o procesos políticos, como las amenazas al statu quo que plantean las movilizaciones sociales o el eclipse de la autoridad política. Por cierto, se trata de una visión respetable y no pretendemos negar la importancia de tales factores. Sin embargo, creo que dichos factores, esto es, las características que presenta el paisaje económico, social y político de un país en determinadas circunstancias ofrecen una serie de oportunidades, encierran virtualmente una serie de desenlaces. La diferencia hay que buscarla, en definitiva, en lo que hacen los lideres políticos. En una coyuntura de crisis, los líderes políticos pueden tanto aumentar como disminuir la probabilidad del derrumbe o la estabilidad del régimen. Este es el punto que hizo Juan Linz en su clásico análisis de la quiebra de las democracias y nos parece pertinente recuperarlo en estos momentos para hacer productivo el debate sobre la crisis presente. Cuando se juzga retrospectivamente el fracaso de las democracias muchas veces se puede indicar que esas democracias tuvieron en un momento dado posibilidades razonables de superar sus retos, pero que esas probabilidades se esfumaron por obra de ciertos actos de importantes actores políticos –y en este conjunto hay que incluir no solamente a los dirigentes de partido.

Cuando desde esta perspectiva nos acercamos a la coyuntura argentina constatamos que son mayoría los comportamientos que conspiran contra un reequilibrio de la crisis presente, que son más los reflejos que obturan la búsqueda de salidas a los dilemas, todo lo cual profundiza los problemas de gobernabilidad. A propósito, hace poco pude escuchar la afirmación siguiente: en vista de la fragmentación política y de la magnitud de los problemas a resolver es muy probable que el próximo presidente no dure más que seis meses. En el pasado, un pronóstico semejante hubiera sido hecho con justificada preocupación porque anticipaba una solución autoritaria. Pero éste no fue el caso esta vez y se me ocurre que la razón radica en el siguiente hecho: cuando renunció el presidente De la Rúa se reunió la Asamblea Legislativa, compuesta por las dos cámaras del Congreso, y eligió a otro presidente; cuando éste, el presidente Rodríguez Saá, a su turno renunció, nuevamente la Asamblea Legislativa fue convocada y nombró a un sucesor, el actual presidente Duhalde. En ambas emergencias se encontró una salida en clave parlamentarista y se logró mantener el régimen democrático. Estimo que quien formulaba sin inquietud el diagnóstico pesimista sobre la suerte del próximo presidente lo hacia confiado en que, llegado el caso, el mecanismo descubierto en diciembre se pondría nuevamente en operaciones. Ahora bien, a mi juicio, aquello que fue una solución –la salida parlamentarista- puede pronto convertirse en problema si su utilización recurrente no se traduce en la construcción de una autoridad política sólida y estable.

¿Cómo crear, pues, los incentivos para que los actores políticos se comporten en forma constructiva?. Ésta es la pregunta que muchos nos formulamos cuando nos vemos a nosotros y a las instituciones transformados en rehenes de políticos que colocan otros valores y principios por encima de la preservación de los mecanismos de la democracia. Las exhortaciones a la responsabilidad pública están a la orden del día y se multiplican desde todos los ámbitos. Sin embargo, no tienen demasiada eficacia, como si aquellos a los que están dirigidas también estuvieran convencidos de que una solución autoritaria es improbable y que, por lo tanto, pueden continuar sin riesgo alguno con su “comedia dell´arte” política. Ocurre que el país conoció en su pasado reciente experiencias como la que tenemos por delante y en ellos, una vez que se corrió el velo de la ilusión, la comedia dejó paso naturalmente a la tragedia. A falta de argumentos morales persuasivos, ¿acaso habrá que volver a evocar esos desenlaces catastróficos para que su recuerdo opere como una fuerza disciplinadora de las pasiones políticas?. En todo caso, lo cierto es que no hay que dejarse llevar por la resignación frente a este estado de cosas. La resignación es el sentimiento más anti-democrático que puede imaginarse. Una democracia es, fundamentalmente, un régimen en el que las cosas pueden cambiar, un orden que se concibe como perfectible. Con esa convicción debemos confrontar los problemas de gobernabilidad en estos momentos por tantas razones inquietantes.

 

Noviembre, l4/ 2002

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