El Club de Cultura Socialista José Aricó nació a
la vida pública en julio de 1984. Como estipula
su “Declaración de principios”, se constituyó como “un
centro de análisis de los problemas políticos,
sociales y culturales de la sociedad argentina y del mundo” con
el objetivo de “…contribuir a la renovación
del pensamiento actual atrayendo el esfuerzo de todos aquellos
que se interroguen críticamente sobre el significado
del socialismo como identidad ideológica, cultural
y política”.
En rigor, los motivos que condujeron
a su creación pueden detectarse claramente
ya a comienzos de la década del ’80. Por entonces, como parte del
proceso de reflexión crítica sobre la ideología y la práctica
de las izquierdas durante las décadas de los ’60 y ’70, dos
grupos de intelectuales, uno residente en la Argentina y nucleado alrededor de
la revista Punto de Vista y otro exiliado en México, donde fundó y
animó el Grupo de Discusión Socialista, multiplicaron sus intercambios
previos, confrontaron –no sin alguna dura discusión- sus posiciones,
para finalmente converger en fuertes coincidencias teóricas y políticas.
A principios de 1983, cuando se avizoraba el fin de la
dictadura –y con él,
el retorno masivo de los exiliados-, ambos grupos confluyeron en la idea de
plasmar un espacio de debate cultural y político en
la ciudad de Buenos Aires. En esa suerte de prehistoria,
sobresale nítidamente la figura de José Aricó,
principal promotor del proyecto de crear ese espacio y, aún hoy, a doce
años de su muerte, referente insoslayable para el Club.
De todos modos, el Club de Cultura Socialista fue producto de un esfuerzo colectivo
y, desde sus inicios, asumió, no sólo en su ideario, sino también
en su estilo de funcionamiento, los valores recobrados por la sociedad argentina
con el retorno al Estado de derecho: la democracia, el pluralismo, el tratamiento
argumentado de las disidencias, el respeto a las minorías y, en general,
a la opinión ajena.
Permítasenos recordar -quizá con alguna omisión
involuntaria- los nombres de quienes constituyeron lo que
se llamó el “grupo fundador”:
José Aricó, Beatriz Sarlo, Carlos Altamirano, Juan Carlos Portantiero,
María Teresa Gramuglio, Sergio Bufano, Marcelo Cavarozzi, Alberto
Díaz,
Rafael Filippelli, Ricardo Graziano, Arnaldo Jáuregui, Domingo Maio,
Ricardo Nudelman, José Nun, Osvaldo Pedroso, Sergio Rodríguez,
Hilda Sábato,
Jorge Sarquís, Jorge Tula, Oscar Terán, Hugo Vezzetti, Emilio
de Ípola.
El hecho de que se haya decidido “Club” (y no “Centro”, “Ateneo”, “Círculo”...)
arroja luz sobre el espíritu que animaba al grupo fundador: por
una parte, se procuraba distanciarse del formato de una asociación
académica,
constituida por universitarios y especialistas; y por otra, se buscaba
también
evitar que la denominación fuera interpretada como un eufemismo
para anunciar la constitución de una nueva fuerza o partido político;
por último,
y éste fue quizás el principal argumento, la palabra “Club” evocaba
y valorizaba la idea de una institución apoyada en una sociabilidad
de camaradería.
Sobre esas bases, el Club comenzó a reunirse
todos los viernes a las 19 horas en su primer local, sito en Azcuénaga
42. Las pautas de funcionamiento no eran muy diferentes de las actualmente
en vigor: presentación
por parte de un miembro del Club del o de los disertantes, quienes, al
cabo de sus exposiciones, respondían a las preguntas u objeciones
del público.
Todo ello fue cambiando poco a poco. Los habitués
llegaban un poco más
temprano y las reuniones comenzaban un poco más tarde: conversaciones
informales y amistosas eran un preámbulo ya inevitable a las
charlas, conferencias y paneles programados. Con la instalación
del bar, alrededor de un año y medio más tarde, esos
encuentros previos se convirtieron -la palabra viene al caso- en un
indispensable aperitivo.
Mientras tanto, el Club crecía, multiplicaba y diversificaba
sus actividades y aumentaba su audiencia. Hacia fines de los ’80
se trasladó a
un nuevo local, situado en Bartolomé Mitre 2093. Era un amplio
departamento, con una gran sala de reuniones y una cómoda recepción.
Traducía
en cierto modo la convicción de que el Club se consolidaba y
también
la de que podía aspirar a más en el futuro.
Sin embargo,
durante los años ’90, el Club debió sobrellevar
durísimos trances: en 1991 falleció José Aricó,
y, tal como siempre se lo supuso, se reveló que Pancho era
insustituible. Pese a que el Club -que desde entonces lleva su nombre-
hizo esfuerzos para sobreponerse a esa pérdida, preciso es
reconocer que ella lo afectó profundamente.
Fue quizá la voluntad de superar la ausencia de Pancho así como
la insoportable apatía que el menemismo indujo en la sociedad
argentina (y que se refractó en el Club) lo que provocó -como
resultado no querido- la crisis de 1993. Un sector impulsaba la idea
de revigorizar al Club promoviendo una inserción mucho más
directa y activa en la vida política argentina. Otro sector
-mayoritario- optó por
reconocer la necesidad de cambios pero que los mismos debían
implementarse de manera gradualista.
Como consecuencia de la crisis, Beatriz Sarlo, Hugo Vezzetti, Rafael
Filippelli, Adrián Gorelik y otros dejaron de pertenecer al
Club. La crisis pudo ser absorbida a través de la apertura
de un proceso de debates internos, lo que condujo, entre otras cosas,
a reformar y actualizar la Declaración
de Principios. Superada la crisis, no sin un evidente costo, el Club
prosiguió su
marcha.
El surgimiento del Frepaso juntamente con el fin del menemismo
abrieron nuevas expectativas. Chacho Álvarez surgía
como líder
emergente, levantando banderas que el Club apoyaba. De la noche
a la mañana
se constituyó la
Alianza, cuyo candidato a presidente, Fernando De la Rúa,
triunfó en
las elecciones generales de 1999, llevando a Chacho Álvarez
como vicepresidente.
La experiencia tuvo el resultado que todos
conocemos. Ese fracaso afectó al
Club de manera quizá menos traumática pero más
profunda que en ocasiones anteriores. Los socios disminuyeron,
algunas reuniones debieron suspenderse por falta de público.
La posibilidad de que el Club desapareciera fue planteada explícitamente.
Sin embargo, una tenaz recalcitrancia se negó a dar ese
paso definitivo. Y, con el esfuerzo de todos, el Club vivió una
suerte de recomposición. Hoy, en su local de Moreno 1785,
ya recobrada la idea original de la que surgió, no sólo
mantiene su ritmo de actividades sino que también se embarca
en nuevas empresas, como esta página Web.
No es casual
que ello ocurra. Si recorremos la crónica
de actividades que organizó y llevó a cabo el
Club en sus veinte años
de existencia, si apreciamos la cantidad y calidad de los debates
que en él
tuvieron lugar, si escuchamos las intervenciones grabadas en
los varios Coloquios que realizó, podremos tener una
idea aproximadamente justa de la fuerza que lo sostiene.